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Algunos presentaron la guerra en torno a Irán como el próximo gran shock inflacionista: una nueva crisis energética, una economía mundial en pánico y el regreso de la estanflación de los años 70.

De momento, eso no está ocurriendo. Esa es la tesis central del artículo de opinión de Alan Beattie en el Financial Times. Su mensaje no es que los riesgos hayan desaparecido. El estrecho de Ormuz podría volver a verse bajo presión y el suministro de petróleo aún podría sufrir interrupciones.

Pero mientras el estrecho permanezca al menos parcialmente abierto, el daño económico parece mucho menor que el provocado por la combinación de la Covid y la guerra en Ucrania.

No hay un verdadero shock del comercio mundial

La gran diferencia está en el alcance de la perturbación. Durante la Covid, las cadenas mundiales de suministro quedaron desajustadas. Los precios de los contenedores se dispararon, los consumidores compraron bienes duraderos de forma masiva y las empresas se vieron atrapadas en problemas logísticos.

La guerra en Ucrania afectó, además, a la energía, los alimentos y los fertilizantes. La guerra en Irán tiene un alcance más limitado. El estrecho de Ormuz es crucial para el petróleo y el gas, pero menos relevante para el comercio mundial de contenedores. Los grandes puertos de la región pudieron recurrir en parte a alternativas y la disrupción del comercio no petrolero ha sido hasta ahora limitada.

Por eso, este shock se parece menos a una desorganización completa de la economía mundial.

Los precios de los alimentos se mantienen más contenidos

También en el ámbito alimentario la diferencia es notable. Ucrania y Rusia eran actores importantes en cereales, aceite de girasol y fertilizantes. La guerra de 2022 golpeó por ello directamente a la cadena alimentaria.

Los países del Golfo, en cambio, son importadores netos de alimentos. Existen preocupaciones por los fertilizantes, pero hasta ahora el impacto parece manejable. Las exportaciones se han reanudado y grandes importadores como India parecen capaces de absorber la situación.

Eso reduce la probabilidad de que la guerra en Irán provoque la misma ola inflacionista amplia que la crisis de Ucrania.

Por qué esto no son los años 70

Según Beattie, la principal lección no está solo en el petróleo, sino en las expectativas. En los años 70, la subida del precio del crudo pasó a formar parte de una persistente espiral de salarios y precios. Las empresas subían precios, los trabajadores exigían salarios más altos y los bancos centrales carecían de credibilidad.

Hoy la situación es distinta. Incluso tras el shock inflacionista de la Covid y Ucrania, la espiral de salarios y precios se mantuvo relativamente contenida. Los bancos centrales elevaron los tipos con fuerza y lograron reducir la inflación sin provocar una recesión mundial severa.

Esto indica que las expectativas de inflación están mejor ancladas que en los años 70.

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