El mundo ha creado un nuevo monstruo. Según el Financial Times, los gobiernos ya pagan más de 2 billones de dólares al año en intereses de su deuda. Ya no es un problema contable abstracto. Es dinero que no se destina a defensa, sanidad, seguridad energética, infraestructuras ni rebajas fiscales.

En países como Estados Unidos, Reino Unido y Francia, los gobiernos ya gastan más en intereses que en defensa. Es, ni más ni menos, un hito histórico.
El dinero gratis se ha acabado
Durante años, los políticos pudieron actuar como si la deuda apenas importara. Tras la crisis financiera, los bancos centrales mantuvieron los tipos de interés en niveles extremadamente bajos. Los gobiernos pudieron seguir endeudándose sin sufrir un coste inmediato. La factura se aplazó.
Ese periodo ha terminado. Los tipos han subido, los bancos centrales están reduciendo sus carteras de bonos y los inversores vuelven a exigir disciplina. Al mismo tiempo, la montaña de deuda sigue creciendo.
La deuda pública de Estados Unidos superó el mes pasado los 40 billones de dólares. Se espera que los países de la OCDE tomen prestados este año, en conjunto, 18 billones de dólares, un nuevo récord.
El problema no es solo el tamaño de la deuda. Es que la deuda antigua y barata se está sustituyendo poco a poco por deuda nueva y cara.
El mercado de bonos recupera el control
Para los políticos, eso es peligroso. Mientras los inversores sigan comprando bonos, todo parece manejable. Pero si exigen tipos más altos, las cuentas cambian rápidamente.
Entonces se abre un círculo vicioso. Unos mayores costes por intereses deterioran el presupuesto. Unas cuentas públicas más débiles ponen más nerviosos a los inversores. Ese nerviosismo empuja los tipos aún más al alza. Y, con ello, la factura por intereses vuelve a aumentar.
Esa es la espiral que temen los mercados. En el Reino Unido y Francia ya se ve con qué rapidez puede trasladarse a la política. La presión presupuestaria, los tipos más altos y el débil crecimiento vuelven vulnerables a los gobiernos. Cada nuevo gasto debe sopesarse frente a una factura de intereses cada vez más pesada.
La IA, ¿salvación o presión adicional?
Hay un escenario esperanzador: un mayor crecimiento de la productividad gracias a la IA. Si la IA consigue hacer la economía mucho más eficiente, la recaudación fiscal puede aumentar y la deuda volverse más llevadera. En ese caso, la economía podría superar su problema de deuda a base de crecimiento.
Pero eso aún no está garantizado. De hecho, el auge de la IA exige por sí mismo cantidades enormes de capital. Las tecnológicas se endeudan e invierten de forma masiva en centros de datos, semiconductores e infraestructura energética. Así compiten con los gobiernos por el mismo ahorro de los inversores.
Si los gobiernos se ven obligados a pagar tipos cada vez más altos, la financiación del ciclo de la IA podría volverse aún más difícil.
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