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Kevin Warsh lleva años criticando al banco central de Estados Unidos. Ahora será él quien tome el timón.

Desde la barrera es fácil señalar lo que la Fed hace mal. Como presidente, Warsh tendrá que decidir hasta dónde quiere intervenir, cuánto riesgo está dispuesto a asumir y cómo guiar a los mercados en un momento delicado.

La gran pregunta no gira solo en torno a los tipos de interés. El foco está, sobre todo, en el balance de la Fed, que todavía ronda los 7 billones de dólares.

Warsh rechaza la política de compras de activos

Warsh lleva años siendo crítico con la llamada expansión cuantitativa. Se trata de la política por la que el banco central compra bonos del Tesoro para sostener los mercados e inyectar liquidez en el sistema.

Según Warsh, un balance abultado de la Fed facilita que los políticos aumenten el gasto. Si el banco central contribuye indirectamente a mantener bajos los costes de financiación, sostiene, se pierde parte de la disciplina presupuestaria.

En su opinión, el banco central estadounidense amortigua así el coste de una elevada deuda pública. El argumento tiene cierta lógica, pero la cuestión es hasta qué punto esa relación es realmente fuerte.

No es que los políticos calculen en cada decisión presupuestaria cuánta ayuda obtienen del balance de la Fed. Además, el efecto de la expansión cuantitativa sobre los tipos de interés fuera de los momentos de crisis probablemente sea menor de lo que suele pensarse.

Aun así, Warsh tiene parte de razón

Incluso si su argumento presupuestario resulta exagerado, queda una cuestión importante.

Un balance extremadamente grande de la Fed retira riesgo del mercado y lo traslada al banco central. Eso reduce las tensiones a corto plazo, pero también puede fomentar comportamientos imprudentes.

La volatilidad del mercado no siempre es negativa. A veces envía una señal importante de que algo no funciona, por ejemplo cuando hay demasiada deuda o un exceso de apalancamiento en el sistema financiero.

Si el banco central amortigua una y otra vez esas señales, los riesgos no desaparecen. Solo se desplazan hacia el futuro. En ese sentido, reducir el balance de la Fed es un objetivo lógico.

El riesgo está en la velocidad

La gran incógnita es cómo quiere Warsh alcanzar ese objetivo. Si avanza demasiado rápido, puede generar problemas. Un balance más reducido de la Fed también implica menos reservas en el sistema bancario. Los bancos mantienen esas reservas en la Fed y las utilizan para que los pagos funcionen con normalidad.

Cuando las reservas escasean, la liquidez se encarece. Eso puede hacer que los bancos sean más prudentes y presionar a áreas del mercado que dependen de la financiación, como el capital riesgo, el crédito privado y los hedge funds.

Al mismo tiempo, habrá que encontrar nuevos compradores para los bonos del Tesoro que la Fed ya no quiera mantener en cartera.

Lo ideal sería que fueran inversores estables a largo plazo, como fondos de pensiones, aseguradoras y fondos soberanos. Pero si entran sobre todo actores muy apalancados, el sistema puede volverse más vulnerable.

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