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OpenAI parece haber recibido autorización para ampliar el acceso a su modelo de IA más reciente, GPT-5.6. La aprobación llega tras semanas de acceso limitado para socios seleccionados y conversaciones con el Gobierno de Estados Unidos. Con ello podría abrirse una nueva fase en la carrera de la inteligencia artificial.

Los modelos más avanzados son cada vez más potentes, pero también más sensibles. Crece la preocupación, sobre todo en ámbitos como la ciberseguridad, la biología, la programación y los agentes autónomos, de que los nuevos modelos no solo sean útiles, sino que también puedan utilizarse de forma indebida.

Por eso Washington los observa cada vez más de cerca.

Despliegue por fases

OpenAI ya había optado por un lanzamiento gradual de GPT-5.6. En una primera etapa, solo un número limitado de socios supervisados obtuvo acceso al modelo. La decisión se tomó a petición del Gobierno estadounidense.

La lógica de este enfoque es probar primero, evaluar los riesgos y solo después ampliar el despliegue.

Para OpenAI, es un proceso complejo. Por un lado, la compañía quiere poner sus mejores modelos a disposición de desarrolladores, empresas y usuarios lo antes posible. Por otro, busca evitar que sistemas de IA potentes se empleen con fines perjudiciales.

Washington quiere controlar los modelos de IA más avanzados

La aprobación encaja en una tendencia más amplia. El Gobierno de Estados Unidos intenta ganar más control sobre el desarrollo y la distribución de los modelos de IA más potentes. No es algo extraño.

La IA ya no es solo un producto tecnológico, sino también una herramienta estratégica. Estos modelos pueden ayudar en el desarrollo de software, la ciberseguridad defensiva, la investigación y los procesos empresariales. Al mismo tiempo, en manos equivocadas también pueden plantear riesgos.

Por eso cobra cada vez más importancia la pregunta de quién accede a qué modelos, bajo qué condiciones y con qué capas de seguridad.

OpenAI busca una relación más estrecha con el Gobierno

OpenAI, mientras tanto, busca estrechar lazos con Washington. Su consejero delegado, Sam Altman, incluso habría planteado la posibilidad de que el Gobierno estadounidense tome una participación del 5% en la compañía. Sería un paso inusual.

Eso significaría que el Estado estadounidense no solo actuaría como supervisor, sino que también pasaría a tener un interés financiero en una de las empresas de IA más importantes del mundo. Sus defensores pueden argumentar que protegería los intereses nacionales. Sus críticos, en cambio, temerán conflictos de interés e influencia política en el desarrollo de la IA.

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