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En los medios españoles hay un reflejo casi automático. Si aparece la palabra cripto, en dos frases llega la mueca: dinero de casino, dibujos de monos, tulipomanía.

El tono no es crítico, porque la crítica exige conocimiento. El tono es de desdén, y el desdén sale gratis.

Conviene empezar por aquello en lo que los críticos tienen razón, porque no es poco. Este sector se ha ganado en gran medida el daño reputacional que arrastra.

Una moneda digital diseñada para valer siempre exactamente un dólar demostró que solo lo hacía mientras todo el mundo creyera en ella. Cuando se rompió la confianza, se evaporaron en pocos días unos 40.000 millones de dólares. Incluidos los ahorros de familias corrientes.

Después llegó FTX, la plataforma de criptomonedas que patrocinaba estadios y se movía por los pasillos de Washington. Lo que parecía una empresa financiera moderna acabó siendo un fraude de miles de millones. Su fundador cumple ahora una condena de 25 años.

El daño fue real, y el escepticismo que generó estaba justificado.

Pero el escepticismo debe acompasarse a los hechos. Y los hechos han cambiado bastante.

BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, gestiona hoy fondos cripto en los que también hay dinero de pensiones. Europa aprobó con MiCA el primer marco regulatorio integral para los criptoactivos entre las grandes economías: licencias, supervisión y un registro público en el que incluso bancos cooperativos alemanes empiezan a inscribirse. Y el Banco Central Europeo, que no es precisamente un club de ludópatas, trabaja en un euro digital mientras la evolución tecnológica de las finanzas digitales todavía provoca burlas en algunas tertulias televisivas.

Se puede opinar muchas cosas sobre las criptomonedas. Pero quien ve entrar a la vez a BlackRock, Bruselas y Fráncfort y sigue reduciendo todo el sector a un “casino” no está describiendo la realidad. Está describiendo su propio retraso.

Y luego está el argumento que más se resiste a desaparecer: que las criptomonedas son, sobre todo, cosa de delincuentes. Esa idea sigue asomando en parte de la cobertura mediática española, pese a que los estudios disponibles dibujan una realidad mucho más matizada. Las transacciones identificadas como ilícitas representan solo una pequeña parte de la actividad total, mientras que muchas cadenas de bloques ofrecen a los investigadores posibilidades de rastreo que el efectivo nunca tuvo.

Mientras tanto, apenas se cuenta la historia inversa.

Quien vive en Argentina o en Turquía puede ver cómo sus ahorros pierden valor año tras año por una inflación que las subidas salariales no siempre compensan. Para esas personas, un dólar digital puede ser menos una apuesta especulativa que una herramienta para preservar su poder adquisitivo. Sin tener que mantener todos sus ahorros en una moneda local que pierde valor rápidamente.

Y quien envía dinero desde Europa a su familia en Ghana o Filipinas puede enfrentarse a comisiones elevadas y largos tiempos de espera a través de los canales tradicionales. En determinadas circunstancias, las stablecoins permiten transferir ese mismo valor en cuestión de minutos y a un coste mucho menor.

Para nosotros puede sonar abstracto. Para cientos de millones de personas sin una banca fiable o una moneda estable, estas herramientas pueden ofrecer una alternativa financiera muy concreta.

Eso es lo que se pierde entre las risas. Una tecnología con aplicaciones reales queda reducida a un chiste sobre dibujos de monos.

¿Significa eso que toda crítica sobra? Al contrario. Sigue habiendo hackeos, estafas y exageraciones, y este sector necesita un periodismo riguroso más que casi ningún otro. Cada estafador y cada vendedor de humo merecen una respuesta contundente.

Pero esta tecnología también ha evolucionado a través de crisis, errores y golpes. No es una vergüenza. Así han madurado las tecnologías, desde el ferrocarril hasta internet. Los primeros años de internet también estuvieron llenos de estafadores, burbujas y augurios catastrofistas. Nadie cita hoy la prensa de entonces como veredicto definitivo sobre internet.

Quien todavía califica todas las criptomonedas de casino está reseñando una película que hace tiempo tuvo una secuela.

Las criptomonedas no necesitan animadores. De esos sobran. Necesitan mejores críticos. Personas que sepan qué ha cambiado y que, a partir de ahí, sean implacables cuando haga falta.

Eso exige más trabajo que soltar una carcajada. Pero también aporta más.

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