El euro digital sigue generando debate dentro de la Unión Europea. Según el Banco Central Europeo (BCE), la moneda digital es necesaria para reducir la dependencia de Europa de las empresas de pagos extranjeras y para garantizar que el dinero público siga estando disponible en una economía cada vez más digital.
Sus detractores temen, en cambio, que el euro digital acabe convirtiéndose en un sistema que permita a los gobiernos y a los bancos centrales tener mayor visibilidad sobre los pagos de los ciudadanos. Con el inicio de las negociaciones sobre la legislación definitiva, el proyecto entra en una fase decisiva.
¿Por qué quiere el BCE introducir el euro digital?
El euro digital es una forma digital del euro emitida directamente por el BCE. La moneda debe coexistir con el efectivo y con las cuentas bancarias actuales, y no pretende sustituirlos. Los consumidores podrían utilizar el euro digital mediante un monedero digital para pagar en comercios, en internet y entre particulares.
La principal diferencia con el dinero depositado en una cuenta bancaria es que el euro digital seguiría siendo un pasivo del BCE, y no de un banco comercial. Por eso se considera el equivalente digital del efectivo. Precisamente ese punto es el que hace que el proyecto sea tan controvertido.
Según Piero Cipollone, miembro del Comité Ejecutivo del BCE, el euro digital debe garantizar que los europeos puedan seguir pagando con dinero público en el futuro, en un contexto en el que cada vez más transacciones se realizan de forma digital. Además, el banco central quiere reducir la dependencia de redes internacionales de pago como Visa y Mastercard.
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, también defendió anteriormente la necesidad de que Europa tenga un mayor control sobre su propia infraestructura de pagos. A su juicio, la región debe contar con una alternativa propia para los pagos digitales. La organización europea de consumidores BEUC comparte esa visión y considera que el euro digital puede ser un complemento seguro y accesible a los métodos de pago existentes.
La privacidad sigue siendo el principal obstáculo
Pese a sus posibles ventajas, la privacidad continúa siendo el gran punto de fricción. El exdirectivo de Deutsche Bank Pius Sprenger y el profesor Patrick Schueffel advierten de que el dinero digital de banco central puede ampliar de forma considerable la capacidad de rastrear la actividad financiera. La activista por la privacidad Efrat Fenigson teme, además, que el euro digital pueda acabar convirtiéndose en dinero programable, lo que en teoría permitiría imponer condiciones sobre cómo o en qué se gasta.
El BCE insiste, por el contrario, en que la privacidad es uno de los principios clave del proyecto. Para ello, los pagos sin conexión deberían seguir siendo posibles, de modo que los usuarios conserven una forma de privacidad comparable a la del efectivo. Además, el banco central sostiene que no tendrá acceso a los datos personales de las transacciones.
Los supervisores europeos de privacidad, el SEPD y el CEPD, también subrayan que será necesario un alto nivel de protección de datos para mantener la confianza de los ciudadanos. Según BEUC, las propuestas actuales ofrecen garantías suficientes, aunque las negociaciones definitivas aún deberán confirmarlo.
Los bancos también expresan dudas
Las críticas no proceden solo de los defensores de la privacidad. Los bancos comerciales también temen que los consumidores trasladen sus ahorros a monederos de euros digitales, lo que dejaría a las entidades con menos depósitos disponibles para conceder préstamos.
El exmiembro del BCE Lorenzo Bini Smaghi advirtió de que esto podría tener consecuencias para la estabilidad financiera. El BCE quiere limitar ese riesgo fijando un tope a la cantidad que los usuarios puedan mantener. Además, al igual que ocurre con el efectivo, los euros digitales no generarían intereses.
Un proyecto multimillonario se acerca a su momento decisivo
Los costes también están bajo la lupa. El BCE calcula que el desarrollo del euro digital costará alrededor de 1.300 millones de euros. A esa cifra se sumarían unos costes operativos anuales de aproximadamente 320 millones de euros.
Para los bancos comerciales y otros proveedores de servicios de pago, la factura podría ser mucho mayor. Según estimaciones del BCE, la integración del euro digital costaría entre 4.600 y 6.900 millones de euros.
Tras años de preparación, la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y los Estados miembros de la UE negocian la legislación definitiva. Según Cipollone, el BCE espera que esté lista a finales de este año. Después, el Consejo de Gobierno decidirá si el euro digital se introduce finalmente.
Si el proyecto recibe luz verde, la primera fase de lanzamiento podría comenzar a partir de 2027. Su despliegue generalizado entre los consumidores no se espera hasta alrededor de 2029.
La experiencia internacional ofrece un balance desigual
Europa no está sola. Más de cien países han trabajado en los últimos años en monedas digitales de banco central. Una parte de esos proyectos fue posteriormente modificada, aplazada o cancelada.
China ya ha desplegado el yuan digital a escala nacional, pero muchos consumidores siguen utilizando Alipay y WeChat Pay. La adopción del Sand Dollar de Bahamas y de la eNaira nigeriana también ha sido limitada. Según el artículo, Brasil detuvo en 2025 el desarrollo de la plataforma Drex por preocupaciones relacionadas con los costes y la privacidad.
Estos ejemplos muestran que la tecnología está disponible, pero que una aceptación amplia entre los consumidores dista mucho de estar garantizada. Por eso, los próximos meses serán determinantes para el futuro del euro digital.
Sus defensores ven el proyecto como un paso necesario para reforzar la infraestructura de pagos europea y reducir la dependencia de actores extranjeros. Los críticos, en cambio, temen que sus ventajas no compensen las posibles consecuencias para la privacidad, la libertad financiera y el papel del Estado en los pagos.
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