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Durante años, el dinero pareció prácticamente gratis. Gobiernos, empresas y compradores de vivienda pudieron endeudarse a tipos históricamente bajos, mientras los inversores asumían cada vez más riesgo para obtener algo de rentabilidad. Según un nuevo análisis de ING, esa etapa ha quedado definitivamente atrás.

El banco advierte de que unos tipos de interés del mercado de capitales estructuralmente más altos pueden transformar de forma profunda la economía mundial en los próximos años.

Unos tipos más altos cambian las reglas del juego

La rentabilidad de la deuda pública a diez años en Estados Unidos y Europa vuelve a situarse en niveles habituales antes de la crisis financiera de 2008. El bono estadounidense a diez años, por ejemplo, ronda el 4,7%. A primera vista no parece un porcentaje extremadamente elevado, pero para ING supone un cambio de fondo.

Durante años, los bancos centrales mantuvieron los tipos en niveles excepcionalmente bajos para estimular el crecimiento económico. Sin embargo, tras la fuerte oleada inflacionista de 2022, los tipos oficiales subieron a un ritmo récord. Aunque la inflación ya se ha moderado de forma notable y algunos bancos centrales han empezado con cautela a recortar tipos, las rentabilidades de la deuda pública a largo plazo siguen siendo llamativamente elevadas.

Según ING, una de las razones es que los inversores exigen una mayor compensación por los riesgos de inflación. A ello se suma el aumento de la deuda pública en todo el mundo. Los gobiernos se ven obligados a emitir cada vez más bonos para financiar sus presupuestos, lo que mantiene la presión sobre los tipos del mercado de capitales.

Consecuencias para la vivienda, las empresas y los inversores

Unos tipos más altos en el mercado de capitales afectan prácticamente a todos. Los compradores de vivienda se enfrentan a hipotecas más caras, mientras que las empresas pagan más para financiar sus inversiones. Esto reduce el atractivo de los planes de expansión y puede frenar el crecimiento económico.

Los gobiernos también notan el impacto. Durante la etapa de tipos extremadamente bajos, muchos países pudieron acumular grandes volúmenes de deuda a bajo coste. Ahora que los préstamos existentes deben refinanciarse a tipos considerablemente más altos, aumentan los gastos por intereses. A la larga, esto puede desplazar otras partidas de gasto público.

Para los inversores, la nueva realidad tiene dos caras. Los nuevos bonos vuelven a ofrecer una rentabilidad atractiva, algo que durante años apenas ocurría. Al mismo tiempo, los precios de los bonos ya emitidos están bajo presión, porque la nueva deuda sale al mercado con cupones más elevados.

La renta variable también lo tiene más difícil. Unos tipos más altos reducen la valoración de las empresas, especialmente de las compañías de crecimiento, cuya parte importante de los beneficios esperados se sitúa en un futuro lejano. El sector inmobiliario y otros activos que durante años se beneficiaron del capital barato también se han vuelto más vulnerables.

La verdadera prueba aún está por llegar

Según ING, unos tipos del mercado de capitales de entre el 4% y el 5% no tienen por qué ser, por sí solos, un gran problema mientras la economía siga creciendo. El mayor reto aparecerá si el crecimiento económico se debilita claramente mientras los costes de financiación se mantienen elevados. En ese escenario, gobiernos, empresas y mercados financieros podrían verse presionados al mismo tiempo.

Para el banco, la conclusión parece inevitable: tras más de una década en la que el dinero fue excepcionalmente barato, las economías y los inversores tendrán que adaptarse a un mundo en el que el capital vuelve a tener un precio claro.

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