Unas vacaciones de verano pueden parecer una recompensa necesaria tras un año de trabajo, pero, según el columnista del FT Stuart Kirk, desde el punto de vista financiero son un enemigo silencioso para la jubilación. No porque las vacaciones sean necesariamente inasumibles, sino porque ese dinero no se invierte.
Kirk analiza el gasto de una forma distinta a la mayoría. No se fija solo en lo que algo cuesta hoy, sino en el patrimonio que haría falta para poder pagar ese gasto anual de forma indefinida. Visto así, unas vacaciones salen de repente mucho más caras.
Ese viaje de 10.000 euros cuesta en realidad 90.000 euros
Pensemos en unas vacaciones familiares con todo incluido en Grecia por 10.000 euros. Ya es mucho dinero, pero, según Kirk, el daño real es mayor.
Si no se gasta esa cantidad y se destina a construir patrimonio, puede generar rentabilidad durante años. Además, a menudo hay que ganar más de lo que indica el precio, porque las vacaciones se pagan con ingresos después de impuestos.
Por eso Kirk no ve unas vacaciones así como un consumo de 10.000 euros, sino como un gran recorte a la libertad financiera futura. Lo mismo ocurre con hábitos más pequeños. Unos cientos de euros al año en servicios de streaming, gafas de sol caras, clubes deportivos o cenas anuales parecen inofensivos. Pero los costes recurrentes se acumulan.
Quien los capitaliza descubre de pronto cuánto patrimonio queda comprometido.
Pensar como un fondo
Kirk sostiene que las personas deberían pensar más como universidades, fundaciones y fondos patrimoniales. Estas instituciones no ven el capital como algo que se gasta, sino como una fuente de ingresos permanentes.
Un gasto anual de 500 euros en suscripciones no son simplemente 500 euros. Es el ingreso asociado a una bolsa de patrimonio mucho mayor. Si se calcula con una rentabilidad de alrededor del 6% o el 7%, hacen falta varios miles de euros de capital para sostener de forma recurrente ese gasto anual.
Eso hace que gastar dinero resulte psicológicamente mucho más doloroso.
Las vacaciones siguen siendo tentadoras
Por supuesto, Kirk también sabe que esta forma de pensar es extremadamente aburrida. La gente quiere vivir, viajar, comer, beber y crear recuerdos. También admite que él mismo no es ningún santo. Cita su propio barco, sus vacaciones caras y sus aficiones como ejemplos de decisiones financieras que han reducido su fondo para la jubilación.
Precisamente por eso su argumento resulta más contundente. El problema no es que la gente disfrute. El problema es que casi nadie ve el verdadero precio a largo plazo del consumo.
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