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La intervención conjunta de Estados Unidos y Japón para sostener el yen es histórica. Hacía décadas que ambos países no actuaban de esta forma en el mercado de divisas. Pero detrás de esa medida puntual hay una historia mucho más amplia.

¿Por qué cayó la moneda japonesa a su nivel más bajo en cuarenta años? ¿Qué papel desempeñan los bonos del Tesoro estadounidense? Y, sobre todo, ¿pueden los gobiernos revertir de verdad una fuerte tendencia de mercado?

¿Por qué está tan débil el yen?

La causa principal es la amplia brecha de tipos de interés con Estados Unidos. El banco central de Japón mantuvo durante años los tipos prácticamente en cero, mientras que la Reserva Federal estadounidense los elevó con fuerza para combatir la inflación. Para los inversores, mantener dólares pasó a ser mucho más atractivo que mantener yenes.

Eso dio lugar al llamado carry trade. Los inversores toman dinero prestado a bajo coste en yenes, lo cambian por dólares e invierten después en bonos del Tesoro estadounidense u otros activos que ofrecen una rentabilidad mucho mayor. Para hacerlo, primero deben vender yenes y comprar dólares. Cuantos más inversores siguen esa estrategia, mayor es la presión vendedora sobre el yen y más se fortalece el dólar.

Las finanzas públicas japonesas tampoco ayudan. El país tiene una deuda pública superior al 200% del producto interior bruto, la más elevada entre las grandes economías, mientras los déficits presupuestarios siguen aumentando. Eso alimenta las dudas sobre el valor de la moneda japonesa a largo plazo.

A ello se sumó el conflicto en torno a Irán. Japón importa prácticamente todo su petróleo y gas, en gran parte de Oriente Medio. Con el encarecimiento de la energía, el país tuvo que comprar más dólares para pagar esas importaciones, lo que incrementó aún más la demanda de dólares y añadió presión sobre el yen. Al mismo tiempo, los inversores descontaban que los tipos en Estados Unidos se mantendrían altos durante más tiempo. Eso hizo al dólar todavía más atractivo. El 23 de julio, el yen cayó hasta 163,99 unidades por dólar, su nivel más bajo en cuarenta años.

¿Por qué interviene Estados Unidos?

A primera vista, un yen débil parece sobre todo un problema japonés. La depreciación de la moneda encarece los productos importados, eleva la inflación y aumenta la presión sobre el poder adquisitivo de los hogares. Ese deterioro económico ya contribuyó en los últimos años a la caída de dos primeros ministros japoneses.

Pero para Estados Unidos también hay mucho en juego. Japón es el mayor tenedor extranjero de bonos del Tesoro estadounidense. Para sostener el yen, el Gobierno japonés debe vender dólares y comprar yenes. Si se agotan las reservas disponibles en dólares, Tokio tendría que vender bonos del Tesoro de EE. UU. para obtener más divisas.

Eso es precisamente lo que Washington quiere evitar. Una fuerte oleada de ventas de bonos del Tesoro estadounidense presionaría a la baja sus precios y empujaría aún más al alza los tipos a largo plazo. Esos tipos ya se encuentran en su nivel más alto desde 2007. Unos tipos más elevados encarecen la financiación para el Gobierno estadounidense, las empresas y los consumidores, y pueden frenar el crecimiento económico.

Por eso, la Reserva Federal ha dado a Japón acceso a una facilidad especial que le permite tomar prestados dólares de forma temporal utilizando bonos del Tesoro estadounidense como garantía. Así, Tokio no tiene que vender sus bonos para defender el yen.

Llama la atención el giro del presidente Donald Trump. Durante años criticó la debilidad del yen por considerarla una ventaja competitiva injusta para Japón y amenazó con imponer aranceles. Ahora, en cambio, presenta la intervención conjunta como una muestra de la estrecha cooperación entre ambos aliados.

¿Cómo funciona realmente una intervención de este tipo?

Cuando Japón decide sostener el yen, la decisión corresponde al Ministerio de Finanzas. Después, el banco central japonés ejecuta la intervención a través de un reducido número de bancos comerciales. Esas entidades compran yenes a gran escala y venden dólares. Los dólares proceden de las reservas de divisas de Japón, que a finales de junio aún ascendían a 1,09 billones de dólares.

El objetivo es sencillo: al crear demanda adicional de yenes y vender dólares al mismo tiempo, la moneda japonesa debería apreciarse. Cuanto mayor es la intervención, más fuerte es el efecto sobre el tipo de cambio.

Aun así, Tokio intenta revelar lo menos posible sobre este tipo de actuaciones. El Gobierno a menudo no confirma de inmediato una intervención y suele publicar su importe solo al final del mes. Ese secretismo es deliberado. Si los operadores no saben cuándo ni con cuánto dinero va a intervenir Japón, asumen más riesgo al especular contra el yen. A veces basta con una advertencia. Cuando el ministro de Finanzas habla de «medidas contundentes», los inversores suelen interpretarlo como una señal de que una intervención es inminente.

Tras las intervenciones de 2024, en las que Japón destinó casi 100.000 millones de dólares a sostener el yen, surgió además una regla no escrita en el mercado. Muchos operadores dieron por hecho que Tokio volvería a intervenir si el tipo de cambio se acercaba a los 160 yenes por dólar.

La intervención de esta semana, sin embargo, fue excepcionalmente grande. El 30 de julio, Japón destinó, según las estimaciones, 53.000 millones de dólares a sostener el yen, posiblemente un récord para una sola jornada. Un día después siguieron otros 34.000 millones de dólares aproximadamente. Al sumarse también Estados Unidos, esta operación parece incluso mayor que las intervenciones conjuntas de 1998 y 2011. Entonces, la aportación estadounidense se limitó a menos de 1.000 millones de dólares.

¿Funciona?

Sí, pero normalmente solo de forma temporal. Una intervención cambiaria a gran escala suele tener un efecto inmediato, porque sorprende a los operadores con enormes compras de yenes por parte del Gobierno japonés. En actuaciones anteriores, el yen se fortaleció en cuestión de segundos. El dólar perdió de inmediato varios yenes frente a la moneda japonesa y, en las horas siguientes, el movimiento a menudo se amplió. Los especuladores que habían apostado por nuevas caídas del yen cierran entonces sus posiciones en masa, lo que refuerza la subida.

Sin embargo, la historia muestra que estos rebotes rara vez se mantienen durante mucho tiempo. A finales de abril, Japón ya gastó casi 74.000 millones de dólares para sostener el yen. La moneda se recuperó al principio, pero unas semanas después ese efecto había desaparecido por completo y el yen cayó igualmente a su nivel más bajo en cuarenta años.

La razón es que una intervención no resuelve los problemas de fondo. Mientras los tipos en Japón sigan muy por debajo de los de Estados Unidos, los inversores puedan obtener mayores rentabilidades en dólares y Japón continúe dependiendo de importaciones energéticas caras, la presión sobre el yen persistirá. Incluso después de que el banco central japonés abandonara en 2024 los tipos negativos y el diferencial con EE. UU. se redujera de forma considerable, la moneda siguió debilitándose.

Por eso, Tokio también intenta reforzar la economía por otras vías. La primera ministra Takaichi presentó en junio un plan de inversión para sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores y la defensa. Además, el ministro Katayama instó a los grandes fondos de pensiones a invertir más en activos japoneses, de modo que una mayor parte del capital permanezca en el país. Estas medidas pueden apoyar al yen a más largo plazo, pero sus efectos solo serán visibles dentro de varios años.

Hasta entonces, Japón seguirá dependiendo de las intervenciones. La diferencia frente a intentos anteriores es que esta vez Tokio cuenta con el respaldo de Estados Unidos. Eso da a Japón más capacidad financiera y reduce la necesidad de vender bonos del Tesoro estadounidense para liberar dólares. Si eso bastará para revertir de forma definitiva la caída del yen lo acabará decidiendo el mercado. Y no es relevante solo para Japón. Un movimiento fuerte del yen puede tener consecuencias, a través de los mercados globales de bonos y de capitales, para la renta variable, las criptomonedas y otros activos de riesgo.

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