Estados Unidos tiene un problema que quedó dolorosamente claro durante la guerra con Irán. Al país le faltan misiles. No porque no sea capaz de fabricar armas avanzadas; al contrario. El problema es que muchos misiles estadounidenses son extremadamente caros, complejos y lentos de producir.
Un Tomahawk cuesta alrededor de 2,6 millones de dólares por unidad y Estados Unidos solo fabrica 600 al año. Otros misiles clave también superan con holgura el millón de dólares.
En una guerra breve, ese modelo puede funcionar. Pero en un conflicto prolongado con Irán, Rusia o China, el problema pasa a ser de volumen.
De armas de lujo a la producción en masa
Por eso, las empresas estadounidenses de defensa buscan un nuevo modelo: misiles sencillos y baratos que puedan fabricarse con rapidez y a gran escala.
Algunos talleres se parecen más a una cadena de montaje que a una fábrica de defensa tradicional. No hay grandes máquinas, sino bancos de trabajo, herramientas manuales, impresoras 3D y componentes que, en buena medida, pueden comprarse en el mercado.
Uno de los empresarios implicados lo compara con McDonald’s. No porque los misiles sean simples, sino porque el proceso debe estandarizarse. Cada taller tiene que poder escalar la producción con rapidez en cuanto estalle una guerra.
Ucrania cambió la forma de pensar
La guerra en Ucrania ha sacudido al sector de defensa estadounidense. La guerra moderna no depende solo de tener las mejores armas, sino también de contar con volumen. Drones y misiles baratos pueden neutralizar sistemas costosos. Quien produzca más rápido que su adversario obtiene una ventaja enorme.
La guerra con Irán reforzó esa lección. Según los analistas, en un conflicto con China, Estados Unidos podría agotar algunas reservas críticas en cuestión de semanas. Es una situación insostenible.
Las start-ups toman la delantera
Nuevas empresas de defensa como Anduril, Co-Aspire y Castelion intentan trabajar más rápido que los gigantes tradicionales del sector. Co-Aspire desarrolló un misil en cuatro meses. Castelion quiere fabricar miles de misiles hipersónicos al año a un coste de unos 400.000 dólares por unidad.
Para ello utilizan piezas procedentes de cadenas de producción ya existentes, como componentes de automóviles o motores concebidos originalmente para aviones de aficionados. Es una opción menos sofisticada que las carísimas armas de precisión, pero posiblemente mucho más eficaz en una verdadera guerra de desgaste.
Aun así, el problema no está solo en la industria. El Pentágono también debe aprender a aceptar que las armas baratas no siempre son perfectas. Más volumen implica a veces algo menos de precisión o fiabilidad. Pero en la guerra moderna, la cantidad puede pesar más que la perfección.
El cliente, por tanto, también tiene que cambiar. Si el Pentágono sigue exigiendo armas extremadamente complejas, la producción seguirá siendo lenta y cara.
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