La pugna económica entre Estados Unidos y China hace tiempo que dejó de girar solo en torno al comercio. El capital, los costes laborales, la energía y la política pública pesan cada vez más a la hora de determinar qué país parte con mejores cartas. En varios de esos frentes, China parece contar ahora con ventaja.
Con todo, el desenlace está lejos de estar escrito. Según Louis-Vincent Gave, máximo responsable de la firma de análisis Gavekal Research, la inteligencia artificial puede alterar por completo el equilibrio de fuerzas.
La IA puede dar un nuevo impulso a la economía estadounidense, pero también entraña riesgos para los precios de la energía, el coste del capital y el mercado laboral.
China aventaja en capital y mano de obra
Gave compara la posición competitiva de ambos países a partir de cuatro grandes costes: capital, trabajo, energía y Estado. Según él, China destaca especialmente en los dos primeros.
De acuerdo con sus cálculos, el coste del capital en Estados Unidos es entre 350 y 400 puntos básicos superior al de China. Esto significa que las empresas estadounidenses pagan relativamente más para financiar sus inversiones.
China también cuenta con ventaja en costes laborales. Según Gave, el país sigue estando entre las economías con una mano de obra relativamente barata. Eso ayuda a las empresas chinas a producir a bajo coste y contribuye al amplio superávit comercial del país.
En energía, las dos grandes potencias están más igualadas. Las empresas chinas se benefician de unos precios de la electricidad relativamente bajos. Estados Unidos, en cambio, ha accedido a gas natural y otras fuentes de energía más baratas gracias a la industria del petróleo y el gas de esquisto.
Según Gave, por eso la diferencia es limitada. A su juicio, China solo mantiene una ligera ventaja en materia energética.
La situación le recuerda a la posición en la que se encontraba Estados Unidos hace unos quince años.
“EE. UU. tenía la energía más barata del mundo, el capital más barato del mundo, mano de obra barata y un dólar infravalorado”, afirma Gave.
Según él, China se encuentra ahora en una posición comparable. El país tiene bajos costes de capital, electricidad barata, mano de obra relativamente barata y, a juicio de Gave, un renminbi infravalorado.
“La pregunta es: ¿por qué China no está creciendo entonces de forma explosiva?”
La política pública sigue siendo el punto débil de China
La respuesta, según Gave, está en parte en el cuarto coste: el Estado. No se trata solo de impuestos, sino sobre todo de regulación y de previsibilidad de las políticas.
Estados Unidos también se enfrenta a ese problema. Gave señala la incertidumbre en torno a la política comercial estadounidense y a las declaraciones y actuaciones geopolíticas durante el segundo mandato de Donald Trump. Entre los ejemplos citados figuran Groenlandia, Venezuela e Irán. También la inestabilidad interna puede influir, según él, en el clima empresarial.
Sin embargo, en este terreno China obtiene, según Gave, una valoración aún peor. El Gobierno chino ha intervenido en el pasado de forma contundente y recurrente en los mercados financieros y en las empresas.
Alude, entre otros casos, al mercado bursátil chino en 2015, cuando la intervención estatal condicionó de forma notable al mercado. Más tarde, los promotores inmobiliarios volvieron a enfrentarse a cambios bruscos de política, después de que se obligara a los bancos a limitar la financiación al sector.
Gave no espera que esta situación cambie pronto. Tampoco prevé una mejora estructural de la relación entre China y Estados Unidos. Además, a Pekín le resulta difícil aplicar políticas que incentiven a los hogares chinos a consumir más.
La IA puede volver a transformar la Bolsa estadounidense
Para los inversores, el papel de la inteligencia artificial es especialmente relevante. La Bolsa estadounidense se benefició durante años de unas condiciones favorables, entre ellas energía barata, capital barato y costes laborales atractivos.
Según Gave, esas ventajas han desaparecido en gran medida. Por ello, el avance adicional de la renta variable estadounidense depende cada vez más del aumento de los beneficios empresariales.
Esto cobra especial importancia porque, según la fuente citada, el S&P 500 cotiza en niveles de valoración históricamente elevados. Al mismo tiempo, las empresas estadounidenses siguen registrando un crecimiento de beneficios de doble dígito y, en el momento del análisis, el índice se situaba aproximadamente un 1% por debajo de su máximo histórico.
La IA es, en este contexto, la gran incógnita.
Si la tecnología genera menos ganancias de productividad de las esperadas, los elevados costes laborales seguirán siendo un problema para las empresas estadounidenses. Pero si la IA resulta ser un gran éxito, también puede provocar nuevos problemas.
Las enormes inversiones en centros de datos y chips informáticos pueden, por ejemplo, elevar aún más la demanda de electricidad y capital. Como consecuencia, podrían subir los precios de la energía y los costes de financiación.
Para Estados Unidos surge así una paradoja llamativa. Un fracaso de la revolución de la IA puede dejar a las empresas cargando con altos costes laborales. Un gran éxito, en cambio, puede encarecer el capital y la energía. En ambos escenarios, además, puede aparecer una nueva incertidumbre política.
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