Aunque nos cueste imaginarlo, para la mayoría de la población mundial el dinero está roto. Ese es el punto de partida de Alex Gladstein, de la organización de derechos humanos Human Rights Foundation, en The Wall Street Journal.
Según él, la libertad es la promesa de Bitcoin (BTC) que una y otra vez se pasa por alto.
El 87% vive al límite
El 87% de la población mundial, unos 7.200 millones de personas, vive bajo una economía en colapso o un régimen autoritario, calcula Gladstein. Solo el 4% cobra su salario en dólares.
El ciudadano medio del mundo soporta cada año inflaciones del 10%, el 20% o el 30%. Las acciones o los bonos estadounidenses quedan fuera de su alcance, y el ahorro se guarda en billetes, ganado o bloques de hormigón.
Su reproche al lector occidental es contundente. «Cuando los usuarios del dólar rechazan Bitcoin, no solo ignoran su origen como protesta contra un sistema corrupto: están cegados por su privilegio financiero».
Ese origen se remonta a enero de 2009. Durante años, los bancos habían concedido hipotecas a personas que no podían asumirlas y habían revendido de inmediato esos préstamos como activos seguros, hasta que los precios de la vivienda giraron y toda la estructura se vino abajo.
La crisis dejó a 10 millones de estadounidenses sin casa y a casi 9 millones sin empleo. Solo un banquero acabó en prisión, mientras el sector recibió 443.000 millones de dólares en ayudas.
Unos 49.000 dólares por cada empleo perdido.
Bitcoin fue la respuesta de Satoshi Nakamoto: un dinero que ningún banco central puede emitir a discreción y que conecta directamente a personas de todo el mundo, sin bancos de por medio. En el primer bloque incluyó un titular de prensa sobre un nuevo rescate a la banca británica.
Por qué el dinero pierde valor con el tiempo
El dólar también se devalúa, aunque más despacio: un dólar de 1971 tiene hoy un poder adquisitivo de apenas unos 12 centavos. Ese año desapareció el último vínculo con el oro y, con él, el freno a la creación de dinero.
Además, la crisis de 2008 no se resolvió con menos deuda, sino con más. El Estado se endeudó para sostener a los bancos, mientras caían los ingresos fiscales y aumentaba el gasto en desempleo.
Esa deuda no desapareció, sino que pasó al balance público. La deuda federal estadounidense creció desde unos 10 billones de dólares en 2008 hasta más de 37 billones en la actualidad.
No se amortiza, porque recortar gasto cuesta votos. Así que la inflación queda como vía de escape: cuando suben los precios, la deuda se reduce por sí sola en términos reales, sin que nadie tenga que tomar una decisión impopular.
Bitcoin no puede crearse de forma ilimitada. Su emisión está fijada en el software y se detiene en 21 millones de monedas.
En otros países, el proceso es mucho más rápido. Nigeria ha perdido desde 2020 casi un 75% de poder adquisitivo frente al dólar y Egipto casi un 70%, mientras Turquía y Argentina han visto cómo sus monedas perdían más del 90% de su valor.
Los cubanos, libaneses y zimbabuenses que se pasaron a Bitcoin al inicio de la pandemia vieron cómo su salario multiplicaba por 15 su valor. En moneda local, prácticamente no quedaba nada.
Por qué Bitcoin puede significar libertad
A eso se suma la represión. En Rusia, China, Nicaragua, Bielorrusia e Irán, las cuentas de defensores de derechos humanos y organizaciones civiles se congelan de forma habitual por actividades «sospechosas».
Además, las donaciones procedentes del extranjero suelen estar prohibidas. Quien recibe dinero de Europa o de Estados Unidos se arriesga a una causa penal por espionaje o injerencia extranjera.
Como resultado, esos grupos apenas pueden acceder a recursos operativos a través del sistema bancario tradicional. Sin una cuenta no hay salarios, ni alquiler, ni abogado.
Al mismo tiempo, Bitcoin permite a una persona actuar como su propio banco y mantener el control de su dinero. No hay ventanilla que cierre, pago que se rechace ni nadie a quien pedir permiso.
Dos casos ilustran lo que eso supone. La Anti-Corruption Foundation en Rusia y la Feminist Coalition en Nigeria pudieron seguir pagando a sus equipos cuando les cerraron las cuentas, con «una moneda que ningún dictador puede congelar».
Cuando el sistema estadounidense se vino abajo en 2009, recibió medio billón de dólares; cuando se hunde la moneda en Líbano o Zimbabue, no acude nadie.
Bitcoin ha desempeñado un papel vital para cientos de millones de personas en todo el mundo mucho menos afortunadas que nosotros, cuyos sistemas financieros no recibieron un rescate de medio billón de dólares.
«Quizá Bitcoin no sea para ti, pero sí para ellos», concluye Gladstein en su ensayo.
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