Donald Trump intenta transmitir en público que las preocupaciones sobre la IA son exageradas. En los últimos días, el presidente de Estados Unidos llegó a calificar el temor a la IA de “bulo”.

Durante la All-In Summit, una conferencia para inversores en Silicon Valley, subrayó que los centros de datos son, en realidad, una gran oportunidad, porque enriquecen a las personas y a los estados.

Pero entre bastidores ocurrió algo llamativo. Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, habría mantenido la semana pasada una conversación privada con Trump durante la convención republicana. Según fuentes citadas, fue el propio Altman quien pidió el encuentro. La reunión giró en torno al creciente poder de la inteligencia artificial.

Minimizar en público, hablar en privado

Precisamente ese mismo fin de semana, el consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk pidieron frenar el desarrollo de los modelos de IA más potentes. A su juicio, los riesgos de seguridad ya son lo suficientemente elevados como para tomarse más en serio el ritmo de avance, la supervisión y el control.

Trump defiende en público la postura contraria. Despacha el pesimismo sobre la IA como un pánico exagerado e intenta situar el relato económico en el centro del debate. IA significa centros de datos, inversión, empleo, riqueza y poder geopolítico.

Es un mensaje potente para los inversores. Pero si esas preocupaciones son realmente falsas, ¿por qué habla entonces el presidente a puerta cerrada con el principal directivo mundial del sector de la IA?

La IA se convierte en un asunto de poder político

Para Trump, la IA no es simplemente un sector tecnológico. Es política industrial, geopolítica y narrativa bursátil al mismo tiempo. Estados Unidos quiere mantener la ventaja frente a China, los estados compiten por atraer centros de datos y Wall Street descuenta años de inversiones en chips, nube, energía e infraestructuras.

Por eso resulta lógico que Trump no quiera frenar el relato de la IA. El temor a una mayor regulación puede alterar el ciclo inversor. Y ese ciclo de inversión es precisamente uno de los principales motores de la economía y de la bolsa estadounidenses.

Aun así, la tensión va en aumento. Si las propias empresas de IA advierten de los riesgos, a los políticos les resulta cada vez más difícil seguir actuando como si no ocurriera nada.

Los inversores detectan la contradicción

Pese al tono optimista de Trump, Nvidia cayó el lunes un 3% y el conjunto de los valores de semiconductores también estuvo bajo presión. Los inversores, por tanto, no parecen plenamente convencidos por los mensajes tranquilizadores de la política.

La razón es sencilla. Si se habla en serio de ralentizar el desarrollo de la IA, puede haber consecuencias para el crecimiento de los ingresos, los centros de datos, la demanda de chips y las futuras salidas a bolsa de compañías como OpenAI y Anthropic.

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