El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ya ha recurrido a varias medidas para reducir los tipos de interés de la deuda estadounidense. Según Citigroup, su próxima baza será emitir menos deuda a largo plazo, más costosa. Incluso podría eliminar una de las referencias de bonos del Tesoro, algo que no ocurre desde 2001.

Es una nueva muestra de que Washington no puede sostener unos tipos tan elevados. La salida que le queda erosiona el valor del dólar, lo que a largo plazo podría beneficiar al oro y a Bitcoin (BTC).

Los tipos de la deuda estadounidense obligan a Bessent a actuar

Jason Williams, responsable de estrategia de tipos de interés de Estados Unidos en Citigroup, prevé que Bessent reduzca en 3.000 millones de dólares el volumen de cada subasta de bonos del Tesoro a 20 y 30 años. Así lo señaló en una nota enviada a sus clientes el pasado viernes.

La diferencia se cubriría con una mayor emisión de letras del Tesoro, conocidas como T-bills, con vencimientos de hasta un año. Williams no descarta siquiera que se reduzca la emisión del bono a 20 años o que se suprima por completo.

La decisión se conocerá el 4 de noviembre, cuando el Tesoro presente su plan trimestral de emisión de deuda.

Cuando el bono a 30 años dejó de emitirse a finales de 2001, la situación era muy distinta. El Gobierno registraba superávit y necesitaba endeudarse menos, por lo que podía prescindir fácilmente de una de sus referencias.

Ahora ocurre justo lo contrario. El déficit presupuestario ronda los 2 billones de dólares anuales y esa cantidad debe financiarse con deuda en cualquier caso.

Si Bessent elimina emisiones a largo plazo, la deuda no desaparecerá: simplemente pasará a financiarse a corto plazo. Estas emisiones ofrecen ahora tipos más bajos, pero deben refinanciarse con mucha más frecuencia, al tipo vigente en cada momento.

La guerra con Irán dispara los tipos a largo plazo

Washington recurre a estas medidas ante el fuerte repunte de los tipos a largo plazo. La guerra con Irán altera el tránsito de petróleo por el estrecho de Ormuz y mantiene elevados los precios del crudo, lo que vuelve a impulsar la inflación.

El tipo de interés a largo plazo tiene, a grandes rasgos, tres componentes. El primero es el tipo real: la rentabilidad que exigen los inversores por prestar su dinero, descontada la inflación. El segundo es la inflación esperada, que reduce el valor de los rendimientos futuros.

A ellos se suma una prima de riesgo: una compensación adicional por comprometer el dinero durante diez o treinta años sin saber qué ocurrirá en ese periodo. Es similar a una hipoteca, en la que fijar el tipo durante treinta años suele resultar más caro que hacerlo durante uno.

La guerra presiona al alza los tres componentes. El encarecimiento del petróleo eleva las expectativas de inflación y hace más probable una subida de tipos por parte de la Reserva Federal (Fed), lo que impulsa los tipos reales.

Al mismo tiempo, la incertidumbre sobre la duración de la guerra y de los elevados precios del petróleo hace que los inversores sean más reacios a prestar a largo plazo. Eso también eleva la prima de riesgo.

Además, el Gobierno compite por la financiación con las empresas tecnológicas, que se endeudan masivamente para construir centros de datos de inteligencia artificial. A finales de septiembre, la rentabilidad del bono a 30 años alcanzó el 5,61%, su nivel más alto desde 2002.

El coste para las arcas públicas es elevado. Con una deuda de unos 40 billones de dólares, cada punto porcentual adicional de interés acaba suponiendo unos 400.000 millones de dólares más al año, a medida que se refinancia.

Se genera así un círculo vicioso. El aumento del gasto en intereses amplía el déficit, lo que obliga al Gobierno a emitir aún más deuda, cuya colocación exige ofrecer tipos más altos.

Bessent lleva meses intentando romper ese círculo. A principios de agosto, respaldó el yen junto con Japón para evitar que Tokio tuviera que vender bonos del Tesoro estadounidense para sostener su moneda.

Después, el Tesoro intensificó las recompras de bonos en circulación, con una operación de 6.000 millones de dólares en septiembre. Los tipos a largo plazo bajaron brevemente tras cada intervención, pero después volvieron a subir.

El propio Bessent ya ha reconocido que no puede fijar el coste de la deuda, sino solo moderar las oscilaciones bruscas. Los estrategas de BNP Paribas también advierten de que suprimir emisiones a largo plazo podría interpretarse como una señal de pánico.

La salida que erosiona el valor del dólar

El oro y, en menor medida, Bitcoin se consideran activos de protección frente a la inflación, capaces de conservar su valor cuando el dinero pierde poder adquisitivo. Por tanto, cabría esperar que se beneficiaran del impacto energético de la guerra con Irán.

Sin embargo, a corto plazo los tipos elevados perjudican a ambos, porque hacen más atractiva la deuda pública, considerada segura. Aumenta así el coste de oportunidad de mantener activos que no generan intereses.

Pero, con una deuda de 40 billones de dólares, tarde o temprano tendrán que intervenir los responsables políticos, el Gobierno o el banco central. La salida pasa entonces por una combinación de tipos artificialmente bajos y una inflación más elevada.

  • Los tipos bajos reducen el coste de la deuda. El Gobierno paga menos intereses cada año.
  • La inflación reduce el peso relativo de la deuda. Su importe en dólares no cambia, pero los precios, los salarios y los ingresos fiscales aumentan. Así, una misma deuda resulta cada vez menos gravosa.

Es la vía de menor resistencia, porque recortar el gasto o subir los impuestos tiene un coste político mucho mayor.

La factura se traslada a los ciudadanos, que cada vez pueden comprar menos con su dinero. Los activos escasos, como el oro y Bitcoin, ofrecen un contrapeso, porque su oferta no puede ampliarse a voluntad.

Esa pérdida de valor afecta al dinero fiduciario, cuya emisión puede ampliarse sin límite desde el abandono del patrón oro en 1971. El oro y Bitcoin, en cambio, son escasos y su oferta no puede incrementarse a voluntad.

Las existencias de oro solo crecen alrededor de un 2% anual gracias a la extracción minera, y nunca habrá más de 21 millones de bitcoins. Ningún Gobierno ni banco central puede cambiarlo. No obstante, la moneda digital aún debe demostrar su papel como protección frente a la inflación, ya que solo lleva diecisiete años en circulación.

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