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Estados Unidos prepara nuevas medidas de presión económica contra Irán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, habla incluso de un intento sin precedentes de aislar económicamente al país. Resulta llamativo, porque Irán ya soporta miles de sanciones y un bloqueo naval estadounidense.

Aun así, Washington todavía dispone de varias vías para aumentar la presión. El comercio de petróleo con China parece ser uno de los principales objetivos. Pero ahí surge precisamente el problema: unas medidas más duras contra Irán también pueden afectar a China, impulsar aún más el precio del crudo y acabar golpeando a la economía estadounidense.

China es la principal fuente de ingresos de Irán

China compra más del 90% de las exportaciones de petróleo iraní. Por eso, quien quiera elevar de verdad la presión financiera sobre Teherán acaba llegando rápidamente a empresas y bancos chinos.

Desde el inicio de la guerra con Irán, a finales de febrero, Estados Unidos ya ha impuesto sanciones a varias refinerías chinas de menor tamaño y a compañías implicadas en ese comercio. Los grandes bancos chinos que facilitan los pagos, sin embargo, han quedado hasta ahora en gran medida al margen.

Ahí es donde Washington podría dar el siguiente paso. Las sanciones contra bancos que financian el comercio de petróleo iraní podrían dificultar mucho más que Teherán venda su principal producto de exportación y cobre por él.

Pero una medida así entraña riesgos importantes. Las tensiones entre Washington y Pekín podrían aumentar, justo cuando Trump prepara un encuentro con el presidente chino, Xi Jinping.

El mercado del petróleo también podría verse afectado. Si unas sanciones más estrictas reducen la disponibilidad de crudo iraní, la oferta mundial podría contraerse aún más. Eso podría empujar al alza unos precios del petróleo ya elevados y alimentar también la inflación.

Estados Unidos puede dificultar a Irán el acceso a su dinero

Una segunda opción consiste en actuar contra los intermediarios financieros que permiten a Irán utilizar efectivamente sus ingresos petroleros.

Tras una venta de petróleo, por ejemplo, Irán recibe pagos en yuanes chinos. Casas de cambio y otros intermediarios, entre ellos algunos en Emiratos Árabes Unidos, ayudan después a convertir ese dinero en divisas que Teherán puede emplear en otros lugares.

El Gobierno estadounidense considera desde hace tiempo que estos actores son un punto débil. En el marco de la llamada campaña Economic Fury de Bessent, varias casas de cambio iraníes han sido sancionadas por haber ayudado presuntamente a mover y blanquear miles de millones en divisas extranjeras.

Washington puede ampliar aún más esa estrategia. Con ello, Irán tendría más dificultades para acceder a sus ingresos en el exterior, aunque aislarlo por completo resulta complicado. El país lleva años construyendo rutas financieras alternativas.

Si se bloquea a un intermediario, las transacciones pueden desplazarse hacia otros actores, divisas o activos digitales.

Trump puede poner a los socios comerciales de Irán ante una difícil disyuntiva

Un paso mucho más contundente sería actuar no solo contra empresas iraníes, sino contra prácticamente cualquiera que haga negocios con Irán.

Para ello, Estados Unidos puede amenazar con sanciones secundarias. En la práctica, los bancos y empresas extranjeros se verían obligados a elegir: seguir haciendo negocios con Irán o conservar el acceso al sistema financiero estadounidense.

Trump utilizó una estrategia similar en 2017 contra Corea del Norte. En el caso de Irán, una medida de este tipo afectaría sobre todo a China y Rusia, pero posiblemente también a empresas de países del entorno iraní que mantienen estrechas relaciones comerciales con Teherán. Entre ellos figuran también socios de Estados Unidos, como Turquía.

Trump ya ha amenazado con una medida parecida. Planteó un arancel del 25% a las importaciones procedentes de países que sigan haciendo negocios con Irán. Hasta ahora, no ha ejecutado esa amenaza.

Además, Washington podría intentar incautar efectivamente activos estatales iraníes congelados. Eso iría un paso más allá de limitarse a bloquear esos fondos.

También en este caso, sin embargo, las opciones son limitadas. Gran parte del patrimonio iraní se encuentra fuera de Estados Unidos. Washington necesitaría por ello la cooperación de otros países, mientras que una confiscación efectiva sería más compleja desde el punto de vista jurídico y diplomático.

La flota fantasma iraní puede ser el próximo objetivo

Por último, Washington puede aumentar la presión directamente sobre las exportaciones de petróleo iraní. El bloqueo naval estadounidense ya ha reducido el tráfico hacia los puertos de Irán, pero Estados Unidos puede intentar golpear con más fuerza toda la cadena logística.

En ese marco, podrían acabar en la lista de sanciones no solo petroleros, sino también empresas, terminales y otros actores que hacen posibles esos transportes. Estados Unidos ya ha actuado contra buques y compañías que, según sus autoridades, formarían parte de la llamada flota fantasma iraní.

La gran incógnita es hasta dónde está dispuesto a llegar Trump. Las medidas más duras pueden aislar aún más a Irán desde el punto de vista económico, pero casi inevitablemente afectarían también a socios comerciales clave y al mercado mundial del petróleo. Así, una presión adicional sobre Teherán podría terminar provocando también precios de la energía más altos y nuevas tensiones inflacionistas en Estados Unidos.

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